Un hombre llegó a la puerta de Spurgeon con una actitud de urgencia divina, asegurando que traía un mensaje directo del Cielo. Tras lograr que Spurgeon lo recibiera, el visitante declaró con prepotencia:

— «Señor Spurgeon, vengo de parte del Señor para decirle que el Espíritu Santo me ha revelado que usted debe dejarme predicar en su púlpito del Tabernáculo Metropolitano el próximo domingo».

Spurgeon, cuya teología siempre estaba anclada en un orden bíblico y un agudo sentido común, no se dejó impresionar por la supuesta autoridad del extraño. Con una calma absoluta, le respondió:

«Eso es muy extraño, amigo mío. Porque si el Señor te hubiera enviado, lo más lógico es que también me lo hubiera dicho a mí, que soy el dueño de casa. Y la verdad es que no me ha mencionado ni una palabra sobre ti. Mejor vuelve por donde viniste».

La respuesta de Spurgeon refleja la convicción que tenía sobre la soberanía y el orden en el ministerio. Él rechazaba cualquier «revelación» que saltara los canales de la lógica y la responsabilidad pastoral. Como él mismo escribió en sus ensayos sobre el carácter del ministro: “El sentido común es el menos común de los sentidos en la religión, pero es el más necesario para proteger el púlpito del fanatismo”.

Esta anécdota subraya una de sus máximas más famosas sobre la guía divina: “Dios no es Dios de confusión; si Él quiere que tú hagas algo que me involucra a mí, se asegurará de enviarme la notificación por la misma vía”. Su naturalidad para desarmar el ego religioso con una lógica aplastante sigue siendo, hasta hoy, una lección de discernimiento.