El Fondo del Libro impulsado por Charles Haddon Spurgeon y su esposa Susannah, iniciado formalmente en 1875, no surgió como una iniciativa editorial planificada; nació como una respuesta pastoral marcada por la compasión. En la Inglaterra victoriana, miles de pastores rurales y obreros cristianos servían fielmente sin acceso a libros teológicos, comentarios bíblicos o recursos formativos. Conmovida por esta realidad, Susannah Spurgeon comenzó a enviar gratuitamente libros de sana doctrina a aquellos ministros que no podían costearlos. Aquel gesto sencillo, casi doméstico, fue creciendo con el paso de los años hasta convertirse, durante más de veinticinco años, en una obra de alcance nacional e internacional que, antes de terminar el siglo XIX, había puesto en circulación más de 200.000 volúmenes, cifra que algunas fuentes elevan a 250.000 e incluso 300.000 libros al considerar envíos posteriores.
Charles Spurgeon comprendió desde el inicio que los libros no debían entenderse como un privilegio reservado a unos pocos; para él eran instrumentos de gracia puestos al servicio de la Iglesia. Solía afirmar que los buenos libros eran “predicadores silenciosos que nunca se cansan”. Tanto él como Susannah dejaron claro que el propósito del Fondo no consistía en ampliar el conocimiento por sí mismo, sino en fortalecer el alma y sostener la fidelidad del ministro en su llamado. Ella escribió que su anhelo era “poner en las manos cansadas del siervo de Dios aquello que pudiera renovar su fe y avivar su amor por la verdad”. Para ambos, el libro extendía la voz del púlpito más allá del momento de la predicación y creaba una comunión invisible entre creyentes separados por la distancia, pero unidos por la misma Palabra.
Con el paso del tiempo, los frutos de esta obra se hicieron evidentes. El Fondo del Libro benefició a 25.000–30.000 pastores, misioneros y obreros cristianos, muchos de ellos en contextos rurales o marcados por la precariedad económica. Su influencia cruzó las fronteras del Reino Unido y alcanzó India, África, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y el Caribe, siempre sin costo para quienes recibían los libros y sostenida únicamente por donaciones voluntarias. Aun así, su impacto más profundo no puede reducirse a cifras: ministros fortalecidos, iglesias afirmadas en la sana doctrina y una generación formada lejos de la prisa y de la elocuencia superficial, arraigada en la verdad leída con paciencia, meditada con reverencia y proclamada con convicción. De este modo, el Fondo del Libro permanece como un testimonio vivo de que la fe auténtica busca compartir sus tesoros y de que la Palabra de Dios, aun encuadernada en papel humilde, sigue siendo abundante para sostener, corregir y dar esperanza.